viernes, 2 de enero de 2009

Rigoberto Martínez

El Coco regala chocolates. Espera, debajo de las camas. Espera. Y espera. Y espera. Noches enteras, nada.

- Desde que a algún patas vueltas se le ocurrió decir que yo asustaba en la noche, los chiquitos nada que se asoman. ¿Cómo putas pretenden que cubra la cuota de entregas?

Para doña Coco, que todo lo planifica con disciplina de marine gringo, fue un trastorno esto de la crisis laboral. La neumonía que el polvo de los pisos sin visitar le ocasionó a su esposo no la dejaba dormir; no pegaba ojo en toda la noche. Problemas de espalda. Porque el Coco se cansaba y regresaba antes a la casa. A doña Coco no le gusta que le cambien el horario.

Rigoberto Martínez tenía ochenta años de ser parte de la industria sub-dormitorio. Fue un colega el que lo apodó como El Coco, cuando se dio cuenta de que la señora de Martínez le preparaba religiosamente un baño con leche de coco todas las noches. Como que pegó, ya nadie se acordaba de cuál era su nombre.

Desde el primero de agosto de 1928, todos los días. Iba a cada casa marcada en el mapa, entraba al cuarto del niño aproximadamente cinco minutos antes que él y se acomodaba debajo de la cama. A Martínez lo conocían sus colegas por ser el más hábil con los camarotes; encontraba lugar entre las camas, todavía nadie sabe cómo lo hacía. Y cuando al fin el enano era enviado a acostarse, El Coco aparecía con un chocolate en la mano. Amargos, blancos, con maní, hasta rellenos de guaro, de todo tenía. Y el niño devoraba el chocolate y caía rendido. El Coco evitó traumas por violencia y violaciones en toda la provincia.

Parece que fue el sindicato de ratones de dientes que difundió el rumor. Los ratones quieren capital repartiéndose, no le ven el sentido a los chocolates.

Así fue. Un día el Coco esperaba entre unas tablas y recibió un batazo. Le tenían miedo. A él.

Duérmete niño, duérmete ya…

Doña Coco moriría unos años después. Infarto.

Publicado por Ana I. en 10:45 |  

5 comentarios:

Suscribirse a: Enviar comentarios (Atom)