sábado, 2 de agosto de 2008

La Tomasa



Ya la conozco tanto como se puede conocer a alguien que se sienta en vos todos los días. La Tomasa le dicen, pero para él es Tina. Ya hace varios meses de eso, esperame, años.
Se veían todos los días esos dos, yo no entiendo de esas cosas, pero parecían una de las trenzas del loco que duerme aquí - entrelazados, así, como a vos te gusta. No sé qué era, si hubiera sido yo, la hubiera amado por el reflejo de la luz en su piel, todo un espectáculo, y yo no miento. A él también se le veía la luz, pero en los ojos, y no era luz, era ella entera en su pupila.
A nosotros las bancas nos gustan las carnes, nada de huesos de nalga por favor. Y la Tomasa era eso, carnes: kilos de sabor. Ella sí me gusta que se me quede encima.
Los ojos de ella... no lo tenían a él en la pupila, tenían al mar. (Este mar no es como los que conocés, no se deja. El del caribe le dicen... parece que estuviera vivo).
Cuando era árbol me enseñaron a no meterme en los asuntos de los demás, la cosa cambia si te hacen pollo e parque...
Tina, le decía él, cuando se la secuestraba en la retina, vámonos de aquí, te llevo conmigo. Pero como que a ella solo con el mar. De eso sí me acuerdo bien: noventa y siete días estuvo diciéndole eso el pobre, recitado cual letanía, pero como que al esposo de la Tina no le hubiera hecho mucha gracia...
Publicado por Ana I. en 19:26 |  

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