sábado, 18 de febrero de 2012
Pasaporte
hay sensación en las casas antiguas
de que algo queda de quien las vivió.
- Pedro Guerra
Me abraza la nostalgia como un murmullo que empieza en la pantorrilla, sube por el muslo y pellizca la espalda baja. Me golpea la nostalgia como un grito que acaba esternotorio. Hay flores en la ventana y pisos de madera en este país recuerdo. Niños costa y niños celestes que saltan del borde de una panga. Patí patí y pizzas de árabe-espalda-mojada.
El país recuerdo lo recorro como la palma de mi mano, a la que no conozco más que de reojo y con la que mantengo una relación cordial (no sé de dónde sale la manía de decir tan certeramente que la humanidad dedica tanto tiempo a verse la mano). Lo camino de puntillas como nos enseñaban en la gimnasia de licras anaranjadas y pasas después de nadar en hielo.
Y me duele su bandera algunos días y ansío su bandera el resto. Hay conchitas regadas por la acera y el cielo tiene un verde innegable y sin embargo natural. Hay tres atardeceres por día y los amaneceres tienen horarios más democráticos.
Aparecen cada dos metros sombras de sombras de ideas de hombres cultivadas con años de proposiciones fallidas y enaguas de colegio católico. Intercalado asoma el hombre carne que no llega a reclamar estatus de residente; situación inherente a su presencia-presente. Aún así, las ganas de justificar que sí camine con las sombras un poco, tal vez sus episodios pasados de flores y poemas diarios.
Hay voces profundas que me llaman sobrenombres momia y persiguen mis zapatos blancos que no sobrevivieron a la tiranía de una generación que veía en lo efímero razón suficiente para aniquilar zapatos blancos.
Me saluda los 26 de diciembre la abuela, a veces la fumadora empedernida y estricta descrita por su nuera, a veces la cocinera tierna de sus hijos. A las dos les veo un lunar conocido y a las dos las abrazo como queriendo retrasar su llegada aunque fuera unos años.
Camino por las bolsas de jardín convertidas en macetas de flores carta de segundo grado. Hay una maceta nueva de flores carta de sexto grado de Capablanca que se llevó el camión.
Paso deslizada y pequeña por los barrotes del apartamento y huyo a la esquina con la existencia envuelta en un paño. Y la siento, la mano en el hombro.
Y cierro los ojos.
Espero.
Porque nunca me ha gustado la migración, por lo menos no al país recuerdo.
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