domingo, 15 de mayo de 2011

La tarde

La casa alumbra como todas las de la montaña: con una luz amarilla y que siempre parece a punto de extinguirse. De lejos, sólo es visible su lucecilla como un suspiro de los que se repiten cada cien metros. En el barrio que atardece van y vienen bolas de futbol, niños, gallinas, mujeres que arrastran el doble de carne que sus comadres capitalinas y cargan en las enaguas el triple de polvo. Las enaguas llaman a las bolas porque hay que entrar antes de las seis, antes de que los suspiros no sean suficiente.

El padre Leandro cae en la silla de la sacristía y doce minutos después recoge la sotana y termina de despojarse de su disfraz de misa. Cuando va por la última capa, le llega la primera oleada del olor a cocina de leña. Doce minutos después sale el padre Leandro de la sacristía, con su caminado de copero cansado y arrastrando la pierna izquierda. Al padre lo conocieron siempre, más que por el renqueo, por el penacho que se le forma en el pelo. El padre Gallo, el del peinado inevitable.

Ya no queda nadie en la plaza más que Fernando y Catalina. Él, con chaqueta blanca entierro, camiseta blanco “Vanish” y cara de yo no fui. Ella, con jeans ajustado piel, blusa floreada que le robó a su mamá y cara de yo menos fui. Fernando acerca la mano y toma la de ella. Catalina sonríe.

Doscientos metros al norte de la plaza, doña Caridad atiza la leña mientras canta un bolero. Doscientos metros al norte de la plaza, doña Caridad atiza un bolero mientras canta a la leña.

En la casa que alumbra como todas las de la montaña, Cristina entinta un pañuelo y después otro. Se seca las lágrimas, recoge los restos de jarrón y los restos de Daniel. Se pone el vestido negro funeral y el delantal blanco “Vanish” y se sienta en la silla de mimbre del corredor con la mirada perdida. Cruza la pierna y cuenta uno, dos, tres, cuatro segundos hasta que llegue Fernando con cara de triunfo. Nota una mancha roja en el delantal.

El reloj de la cocina marca las seis.

La casa alumbra como todas las del valle: con una luz blanca y estridente. De lejos, sólo es un punto en la multitud pululante de puntos. En la calle van y vienen pitos, llantas, perros y mujeres tacón seis de labios rojos. Las enaguas ajustan ajustes y peinan peinados, apenas son las cinco y media y la ciudad despierta.

El copero cae en una silla y se despoja del sombrero blanco más bien amarillo de smog. Doce minutos después enciende un cigarrillo y pone los pies en la mesa. Doce minutos después se disfraza de Yareli y mete la panza para entrar en el vestido rojo pasión. La ciudad suspira y no se oye más que el sonido de los tacones cuando el copero sale del apartamento cuatro. El copero Gallo, el del vestido inevitable.

Ya no queda nadie en el parque más que Gustavo y Marcela. Gustavo con jeans ajustado piel y camiseta blanco “Vanish” que le robó a su padrastro. Marcela con vestido negro entierro y escote de yo no fui. Gustavo estira la mano y topa con nalga. Marcela sonríe.

Doscientos metros al sur del parque, la señora Jiménez acomoda las flores mientras canta un bolero. Doscientos metros al sur del parque, la señora Jiménez canta a las flores mientras acomoda un bolero.

En la casa que alumbra como todas las del valle, Yareli encuentra una media, un zapato. Se seca el sudor y recoge el bolso. Se pone el vestido rojo pasión y estira la mano. Cruza la pierna y espera uno, dos, tres segundos hasta que siente el cheque en los dedos. Nota una mancha roja en la sábana.

El reloj de la sala marca las seis.

Publicado por Ana I. en 18:34 |  

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